jueves, 27 de marzo de 2008

Ha sido divertido


Qué burrada de blog.
(un año es suficiente)

martes, 25 de marzo de 2008

Rollo tibetano por fin desenrollado

El Tibet está en llamas. La peor pesadilla de los chinos a pocos meses del comienzo de los juegos olímpicos. Como no me quedaba claro cuáles son los derechos históricos que asisten a los tibetanos en su revuelta (aunque después de la independencia de Kosovo hasta Eurodisney podría legítimamente aspirar a la independencia) me he precipitado a mi biblioteca y he intentado aclarar la situación de una vez por todas.

El pueblo tibetano es de origen mongol y habla un idioma emparentado con el birmano. Se le puede considerar aborigen del Tibet. La mayor parte de su población ha estado siempre concentrada en los valles del Bramaputra, del Indo y del Sutlej que permiten la agricultura, y en las orillas del lago Koko Nor, que permiten una ganadería trashumante

En el siglo VII surgió una monarquía belicosa alrededor de Lhasa que se impuso a los otros reinos y señoríos de la meseta. La monarquía consintió el predicamento de la religión budista, que se enfrentó y terminó imponiéndose a la religión bon, de carácter chamanístico, que estaba extendida por media Asia. La síntesis entre ambas religiones dio forma al lamaísmo que, para entendernos, se parece a la ortodoxia budista lo mismo que la chaladura rociera se parece a la ortodoxia católica.

A pesar de la sumisión de Cachemira y Nepal los tibetanos se expandieron hacia el norte, entrando en contacto con el imperio uigur y amargando a los chinos de la dinastía Tang. Los tibetanos llegaron incluso a tomar la capital china, Changan, en 763 cuando el emperador Tai Tsung se negó a renovar una muestra de amistad que era en el fondo un vasallaje.

Posteriormente la monarquía tibetana cayó y mientras el sur del país se sumía en la decadencia, las tribus más septentrionales fundaron el imperio Hsi-hsia, que fue destruido por Gengis Jan en 1.227. No obstante, esta decadencia fue acompañada por una Edad de Oro cultural.

El budismo lamaísta llegó a Mongolia en el s. XIII y fue allí donde los monjes desarrollaron el concepto de estado teocrático que luego se impuso en el Tibet. Los emperadores mongoles, que consideraban al Tibet como estado vasallo, intentaron organizarlo a través de gobernadores que invariablemente eran lamas. Cuando los mongoles fueron expulsados por los chinos y reemplazados por la dinastía Ming, los tibetanos reconstitueron su reino

En el s. XV el cabecilla de la secta gelugpa, o del tocado amarillo, tuvo el cálculo de marchar a Mongolia, donde logró la conversión del jan Altan el cual le concedió el título de Dalai Lama que a partir de entonces ostentarían todas sus reencarnaciones. La secta gelugpa se extendió por Mongolia y las otras sectas no reformadas tuvieron envidia e intentaron acabar con ella, pero en 1.642 Gusri Jan invadió el Tíbet, derrotó a su rey y acabó con sus enemigos y se proclamó rey en Lhasa, dignidad que sus descendientes conservaron hasta 1.720. El Dalai Lama era considerado para entonces lider indiscutible del Tíbet, y poco a poco fue haciéndose con el poder político.

El único patinazo de este quinto Dalai Lama fue el reconocimiento como Panchen Lama (segundo de a bordo) del abad de un monasterio perdido por ahí. El Panchen Lama se convertiría en aglutinador de la oposición a los Dalai Lamas hasta nuestros días.

El sexto Dalai Lama tenía fama de corrupto y en comparación con el quinto, desde luego era peor. El rey nominal del Tibet, Lhabzang, aprovechó las circunstancias para expulsarle del poder y durante unos años intentó reinar en solitario pero su situación era tan inestable que solicitó el apoyo del emperador manchú, Kanghsi, lo que precipitó la invasión del Tibet (1.717) por los oirates, enemigos de los manchúes. El rey Lhabzang murió combatiéndoles.

A continuación (aquí es donde comienza el actual contencioso chino-tibetano) Kanghsi invadió el Tíbet, pues no deseaba que fuera integrado en el imperio oirate, y sus tropas fueron recibidas como libertadoras. Los manchúes, muy astutos, se presentaron con el séptimo Dalai Lama, que se había refugiado en China y gracias a la buena impresión causada sometieron al Tibet a un protectorado similar al que los británicos ejercían sobre los estados indios soberanos. Los amban (consejeros o algo así) tenían tanto poder político como el Dalai y el Panchen Lamas y fueron arañando más.

El Tibet no se convirtió en una provincia formal del imperio manchú dada la debilidad de éste y durante todo el s. XIX se mantuvo realmente independiente a pesar del poder que los amban iban reservándose.

A finales del s. XIX los británicos hacen aparición en la meseta del Tibet para extender su imperio colonial a costa del expansionismo ruso. Una expedición comercial anglofascista (la de Younghusband) intentó abrir “pacificamente” los mercados tibetanos a los intereses ingleses. La aventura se saldó con 1.700 tibetanos muertos. Pero como los rusos se pusieron furiosos y amenazaron con invadir Persia, los ingleses se limitaron a reconocer la soberanía china sobre el Tibet y a exigir el establecimiento de mercados en ciertas ciudades. Y a ese reconocimiento de la soberanía manchú se aferran los dictadores chinos actuales. Luego la verdadera culpa de la falta de libertad de los tibetanos la tienen los ingleses, tan hipócritas ellos desde Guillermo el Conquistador y aun antes.

El imperio manchú, aunque estaba en plena descomposición, envió un ejército al Tibet anunciando que el Dalai Lama no era más que el jefe de una fe religiosa, y que el poder temporal pertenecía a los amban. La campaña, que fue muy larga, también fue victoriosa. Muchos lamas que actuaban como gobernadores fueron destituidos y reemplazados por funcionarios manchúes, y las provincias más occidentales del Tibet anexionadas a China. El Dalai Lama huyó a Mongolia, y de allí fue a Pekín y presentó su sumisión al emperador. Finalmente escapó a la India. Sin embargo el imperio se derrumbó y entre 1.913, año del retorno del Dalai Lama y 1.950, año de la invasión de las tropas comunistas, Tibet fue de nuevo independiente.

China reclamó el Tíbet, se anexionó nuevas provincias, inició una política de asentamiento de colonos han, los tibetanos se alzaron en armas y el Dalai Lama actual huyó del país con 80.000 súbditos en 1.959.

O sea, en resumidas cuentas: que por similar regla de tres China puede reclamar California si le da la gana. Y Escocia. Y la Antártida. Y Lemuria.

jueves, 20 de marzo de 2008

“El circo del doctor Lao”

Si me preguntaran ¿cuál es tu libro favorito? me pondrían en un aprieto, porque yo no sé mentir. Y el libro que más me gusta de cuantos he leído no es ni el “Ulyses” de James Joyce (del que no he podido pasar de las solapas) ni tan siquiera el “Quijote” de Cervantes (que me gusta mucho, y que encontré en casa y leí de motu proprio con doce años atraído por las ilustraciones de Gustave Doré). Mi libro (de ficción) favorito es “El circo del doctor Lao”, de James G. Finney. Lo siento, pero los testigos de Jehová, Chus Lampreave y yo somos así.

Se trata de una novelita publicada originalmente en los EE.UU. en la década de 1.930 que describe la llegada del circo ambulante del Dr. Lao a la ciudad de Abalone. El doctor, un chino misterioso, se ha hecho con la colección más sorprendente de criaturas fantásticas: el asno dorado de Apuleyo, una esfinge, una serpiente marina, un fauno, un perro verde, un unicornio… Ayudado por su único colaborador (nada menos que Apolonio de Tiana) presenta un espectáculo inolvidable a los ciudadanos, escépticos o crédulos, de una ciudad polvorienta arruinada por la crisis económica.

Me quito el sombrero ante la inventiva del señor Finney, su cultura enciclopédica y su sentido del humor.